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El próximo mes de enero tenía previsto viajar a Bodghaya en India, no se me ocurre mejor manera para comenzar el año 2016. En esta ciudad se iba a celebrar una de las ceremonias más sagradas para los budistas. Se trata del Kalachakra, o Rueda del Tiempo, una importante ceremonia vajrayana que dura varios días y que sería oficiada por su Santidad el Dalai Lama. Finalmente la ceremonia, que no es sino un complejo ritual de purificación y de ayuda para poderse liberar del samsara, el ciclo de nacimiento, enfermedad y muerte, ha sido pospuesta, por motivos que desconozco, hasta el año 2017.

Visité Bodhgaya hace años, me dejó impresionado y me prometí volver en alguna otra ocasión. Ahora estaba dispuesto a hacerlo. El lugar está impregnado de una gran espiritualidad llegando allí peregrinos de cualquier rincón del planeta. ¿Y cuál es el motivo para que millones de personas se desplacen hasta allí cada año? Pues muy sencillo, en este lugar se conserva desde hace más de 2.600 años, el árbol, un ficus religiosa, especie de higuera tropical típica de india, con hojas de forma de corazón y un rabo largo y puntiagudo, bajo el cual Buda alcanzo la iluminación.
Pero no solo eso, en el interior del templo Mahabodhi, declarado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, se encuentra una preciosa imagen de Buda sentado de 2 metros de altura y donde miles de personas entonan sus plegarias y rezos. Monjes budistas haciendo postraciones, niños traviesos correteando por el templo, ancianos entonando sus sagrados mantras mientras giran sus molinillos de oraciones, occidentales curiosos y expectantes ante todo lo que sucede ante sus ojos, mendigos en busca de limosnas, en fin todo un mundo en movimiento incesante y que cada uno de los allí presentes deberá manejar, disfrutar, sufrir, entender, cuestionar………. Mi experiencia fue absolutamente gratificante.
Estuve tranquilo y relajado y agradecí el privilegio por poder estar en este lugar. Primero dí una vuelta completa al recinto observándolo todo, luego una segunda, mucho más atento e inmerso en la atmósfera que lo envolvía todo y finalmente busqué un espacio donde sentarme a meditar. Thich Nhat Hanh, el monje vietnamita, escribe sobre el momento en que Buda alcanzo la Iluminación en su bonito libro Camino Viejo, Nubes Blancas: “Flores multicolores se abrían a la luz de la mañana en las verdes orillas del río. El sol danzaba sobre las hojas y destellaba sobre las aguas. Las infinitas maravillas de la vida se revelaban naturalmente.
¡Qué formidables el cielo azul y las nubes blancas llevadas por el viento! Y yo estaba en el mismo lugar donde todo eso había sucedido.
Lo dicho, fue un privilegio estar en Bodhgaya junto al árbol bodhi y sentir toda su poderosa energía.

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