Con un monje después de la sesión de meditación

Con un monje después de la sesión de meditación

Koyasan fue fundada en el siglo VIII por el monje budista Kobo Daishi Kubai y es el centro del budismo Shingon japonés. Desde 2004 es uno de los lugares declarados Patrimonio de la Humanidad por UNESCO. Conocí la ciudad hace un par de años cuando estuve deambulando por el Kumano Kodo, un antiquísimo camino de peregrinación que discurre por la península de Kii.

Visitar Koyasan, situado en la prefectura de Wakayama, es realizar mucho más que un simple viaje turístico. La ciudad llegó a albergar en el pasado casi 2.000 templos; muchos de ellos fueron destruidos por el fuego y los que eran muy pequeños se integraron en otros más grandes. En la actualidad hay 117 monasterios donde viven monjes y en algunos de ellos es posible alojarse; yo lo hice y sin duda, lo recomiendo, es una experiencia muy gratificante.

La ciudad está inmersa en una poderosa espiritualidad pero también a veces queda camuflada por las omnipresentes tiendas de souvenir y los numerosos grupos de visitantes que llegan para pasar apenas unas horas. Los monasterios son bastante sobrios y espartanos, al menos en lo que a la parte de hospedaje se refiere. La habitación donde yo dormí era individual: tenía un armario a la entrada, una pequeña mesa para leer o estudiar  y una especie de silla-respaldo baja para hacer más llevadera la, al menos para mí, incómoda postura de sentarse en el suelo, sobre  este hecho de tatami, una fibra vegetal y, sobre la que siempre se camina descalzo, se extiende a la hora de acostarse un futón, especie de cálido edredón.

Mi habitación tiene una minúscula terraza que da a un coqueto jardín donde hay un pequeño estanque con peces de colores. Todo es armonía, quietud y sosiego, resulta sencillo relajarse en un lugar como este. Los baños y duchas están muy limpios pero están fuera de la habitación y son compartidos. Otro de los atractivos de dormir en un monasterio en Koyasan es poder disfrutar de la autentica comida “sojin ryori”, comida monástica vegetariana que se rige bajo la máxima de 5 sabores, 5 métodos de cocinar y 5 colores en los alimentos.

Antes del amanecer, un melodioso gong avisa que es la hora de comenzar el día realizando una sesión de meditación en el templo principal de cada monasterio. Después el desayuno.

Lamentablemente, no pude quedarme más días en aquel lugar, el viaje debía continuar, y ya se sabe que a menudo el calendario impone su férrea ley, pero desde luego, guardo en mi memoria un agradable recuerdo de aquella placentera sensación que sentí de estar en un lugar donde TODO estaba bien. Ojalá pueda regresar en algún otro momento a Koyosan para disfrutar de nuevo de aquella plenitud.

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